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Tag Archives: Poemas

​Podría quererte más, si me dolieras menos.

Si me cayeras sobre el pecho como ánima, como un fantasma somnoliento,

o como una gota de ácido sobre mis huesos.
Podría odiarte tanto como no te quiero,

pero eres dulce y suave, y tienes un cuerpo tierno,

y un sabor de frutos secos, y un olor a veneno.
Eres limpia y amorosa, como un corazón contento,

pero en horas oscuras, eres larga y fría,

como un siglo de invierno.

Yo sé por qué te odio,

pero aún no sé por qué te quiero.
Quizás esta locura que me envuelve

me está haciendo más viejo,

o quizás solo busco cómo matar el tiempo.

Fumo desde la ventana

de la ciudad más sola del mundo,

bajo el cielo de oleajes cenizos

y destinos profundos.

Fumo desde el último sitio

de la últine noche, del último humo,

donde los muertos deambulan

a plena luz del insomnio pulcro,

y yo los sigo, y los observo,

y me vuelvo como ellos, uno, 

por las calles anchas y derramadas

donde brota en llantos y gritos

la sangre de la madrugada.

Esta ciudad esta marcada.

Flotan las cenizas de mi cigarro

como aves tiernas y encantadas 

y caerán;  tarde, temprano, mañana.

Ah! Ciudad de las putas, de los diablos,

de los niños y viejos fantasmas,

me iré sin haberte penetrado,

sin haberte dejado mi marca,

pero aquí, cada paso que doy

es un paso más a casa,

cada vuelta en cada calle,

cada mirada desgarrada,

es un eco sordo de juventudes

descarriadas.

Hoy fumo desde tu única ventana, 

y dormiré dentro de ti,

pero no sé mañana.

Esta es la hora en la

que todo se despedaza,

en la que la sangre se revuelve,

y se enciende, y se alza.

Esta es la hora en la 

que busco mi cara

entre otras tantas;

la misma hora del corazón hueco

y de las inútiles andanzas.

Pedazo de Luna, grano del agua,

yo quiero ir y yacer dentro de ti,

hasta que nazca.

Yo quiero ser gota del humo

y animal desde las entrañas.

Yo quiero ser todo lo que

no puedo ser, 

cuando la vida me alcanza.

Esta hora, esta niebla quieta y mansa,

baja y bebe toda luz y toda calma,

y las paredes, y mis ojos,

no son más que fantasmas.

Dios me marcó la frente

con la punta de su lanza

y me bautiza en fuego,

y me abate, y me descansa.

Como tu boca, seca, casi muerta.
Dios te dio el cuerpo del deleite
para que te extrañara el tiempo,
para crecieras como una flor ebria
en las cuencas de mis ojos.
Has cambiado al amor:
Es más inútil, más preciso,
más necesario. Y no me doy
cuenta de las cuentas en el
rosario de tu espalda, cuando
me entrego suavemente al hambre
y a la necesidad de la soledad.
Comenzaste a dolerme cuando
más lo necesitaba, y como
una plegaria, le prendo fuego
al insomnio, para que las ánimas
bailen en círculos, vertiginosas.
Venga tu espíritu animal
a abrirme el pecho:
He perdido la fe.

Las cuatro otra vez. Las cuatro.
Afuera pasan los fantasmas marchando
y los perros maúllan y los gatos andan ladrando,
y yo veo sombras con luces apagadas en mi cuarto,
y me fuma el humo del cigarro.

Algo en mi sangre está sonando,
moviéndome desde los brazos,
el sueño y el desencanto.
Pienso en mi padre muriendo a ratos,
en mi madre con su delantal manchado,
y en el cielo de Octubre nublado.
Pienso en cosas que me tienen harto:
La certeza y la soledad de mis brazos.
Y podría pensar en ti en pedazos,
para que me caigas en los ojos apagados
como un temprano bálsamo.

Las cuatro y nadie. Temblando.
Se viene la mañana gritando
y los olores a mujeres fornicando.
Malditas sean, las cuatro.
Yo no puedo dormir: Estoy soñando.
Vi amantes compartiendo sus manos,
borrachos de cada sábado,
niños sin infancia, asustados,
perdiendo la cara en los charcos.

Yo también me asusto,
cuando escribo esto que no hablo.

Extraño. Ajeno: a estos días estériles,
inútiles, de largo azueto.
Me hago falta de madrugada
con las canciones y humos viejos.
Yo era apenas un sueño
que tenían unos ojos despiertos,
y yo también soñaba, pero ciego.

Y del amor, y del dinero.
Y de tantas hojas de tantos cuentos,
ya no sé, ya no creo.
Héme aquí, vacío, teniendo.
El corazón late en su encierro
como una caja sin muerto,
y todas las pieles en todos los tiempos
se erizan a esta hora del desierto.
Donde vengas con tu viento,
con tu lluvia de inciensos,
me iré a sangrar los recuerdos,
los odios, los insomnios, los ecos.

Ahora, muerte de todos los días,
pan sin hambriento:
Soy de quien quiera llevarme
cerca, pero lejos.

De todo habla el dia.
Agosto, agotado, agota sus horas.
Qué tanto hemos hecho sin nosotros?
Deberías estar derramando el cuerpo
a las manos fáciles de la multitud,
o quizás deberías ahogarte
en la transparencia de tu boca.

Porque te recuerdo justo como no eres,
te pareces a toda la gente, a todas las cosas.
Quiero reconocerte cuando seas joven y vaga
y contarte cómo pasé la vejez en vilo.
Soy un hijo de tu sangre espesa y juvenil,
un pacto entre tu vientre y un vacío.
Soy lo que siempre has sido.

Agosto, agotados los hombros.
El tiempo te bendice con olvidos
y nuevos conocidos.
Amo morirme todos los días, en la madrugada
de todos mis ídolos.

Buscando muertos. Cadáveres en el cigarro.
Me dice la gente que he cambiado.
Unos me llaman amigo y otros villano,
y ellos comen, y yo también, de este plato.
Ayer había besos dejados en mis labios,
como por obra de un samaritano.
Hoy me queda la resaca de olores,
y la boca seca de presagios.

Qué más da! Soy una parte de Dios
mandada a hablar con las manos.

La música silenciosa de la muerte.
La lóbrega calidez del aire y
del inicio de la madrugada.
Todo esta desordenado en su sitio:
Yo. El cigarro apenas encendido.
Las sombras de las letras que
pintan la pared como de luces.
El monstruo bajo mis camas,
desde la de la infancia.

Y el aire parece que ladra.
El insomnio es como una mujer
que ha perdido su falda,
el asco de ayer eso como el de hoy,
pero no es igual a nada.
Odio que me cierren los ojos
los besos de los fantasmas
y que duerma con ellos
para soñar en nada.
Odio que el amor se haya vendido
en todas las ventanas empañadas,
ofrecido a las juventudes recién encontradas.
Odio irme descalzo caminando
entre calles mojadas,
pero me gusta como huele la noche
en los pechos de las damas.
Algo parece estar bien:
No se lo que me pasa.

Cuatro a m.
El cigarro ahuyenta los trasgos
y a los espíritus ebrios.
Mi cuarto suena a las voces
acompasadas de los fantasmas,
y el aire tiene hierbas de olor.

Cuatro cuatro a m.
El perro está callado y sueña.
Tiene  el olfato alerta
por si tiro un poco de somnolencia.
No. Algo me espera.
Algo esta en mi cabeza sonando
como un canto de mudos.

Cuatro siete a m.
Televisión lejana.
Hay gente despierta
en otras camas aledañas.
Qué se yo, no importa si son
insomnes o idiotas.
Quizás fornican solos, o acompañados,
quizás lloran.
No importa si son sonámbulos
o hipocondriacos.

Cuatro diez a m.
Otro cigarro. Otra cosa encendida.
Vibra mi tímpano izquierdo.
Más fantasmas, más sed, mas comezón.
Borro pedazos de sonrisas que
dibujé en el aire.
La pared también esta dibujada.

Cuatro trece a m.
La muerte se me ofrece.
Es una delicia su pecho maduro.
Temo vencerme y pedirle que se vaya,
que se venga, o que se quede.
Ojos rojos, labios hinchados.
Extraño mi garganta sometida por
las manos de algún deseo.
Extraño asomarme con asombro
a la ventana y ver la ciudad obscura,
como cuando era niño me asomaba
al cielo a ver mi futuro.

Quizás duerma después de todo.