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Tag Archives: Mexico

​Podría quererte más, si me dolieras menos.

Si me cayeras sobre el pecho como ánima, como un fantasma somnoliento,

o como una gota de ácido sobre mis huesos.
Podría odiarte tanto como no te quiero,

pero eres dulce y suave, y tienes un cuerpo tierno,

y un sabor de frutos secos, y un olor a veneno.
Eres limpia y amorosa, como un corazón contento,

pero en horas oscuras, eres larga y fría,

como un siglo de invierno.

Yo sé por qué te odio,

pero aún no sé por qué te quiero.
Quizás esta locura que me envuelve

me está haciendo más viejo,

o quizás solo busco cómo matar el tiempo.

Propongo que nos odiemos.

Que nos aborrezcamos y,

por un tiempo nos olvidemos,

nos borremos, nos matemos.
Que aprendamos el silencio,

porque la sangre grita más fuerte

que un incendio,

y el corazón calla cuando el cuerpo

desata su propio infierno.
Propongo también que esperemos.

La paciencia es cara y escasa en estos tiempos,

y la necesidad primitiva aumenta,

y nos consume a destiempo.
Estoy cansado de querer quererte

como si no estuviera queriendo.

Esto que digo, y escribo,

ni yo mismo lo entiendo,

y me pregunto todos los dias si sigo cuerdo.
Aquí, en este renglón, me detengo.

Hago una pausa y junto mi odio,

mi rabia y mi descontento,

y como un bocado, te lo ofrezco,

porque prefiero odiarte ahora,

(No sé mañana)

y saber quererte, cuando este fin 

llegue a su comienzo.

Fumo desde la ventana

de la ciudad más sola del mundo,

bajo el cielo de oleajes cenizos

y destinos profundos.

Fumo desde el último sitio

de la últine noche, del último humo,

donde los muertos deambulan

a plena luz del insomnio pulcro,

y yo los sigo, y los observo,

y me vuelvo como ellos, uno, 

por las calles anchas y derramadas

donde brota en llantos y gritos

la sangre de la madrugada.

Esta ciudad esta marcada.

Flotan las cenizas de mi cigarro

como aves tiernas y encantadas 

y caerán;  tarde, temprano, mañana.

Ah! Ciudad de las putas, de los diablos,

de los niños y viejos fantasmas,

me iré sin haberte penetrado,

sin haberte dejado mi marca,

pero aquí, cada paso que doy

es un paso más a casa,

cada vuelta en cada calle,

cada mirada desgarrada,

es un eco sordo de juventudes

descarriadas.

Hoy fumo desde tu única ventana, 

y dormiré dentro de ti,

pero no sé mañana.

La sangre es la que habla
cuando la ráfaga de ira
nos cose las palabras.
La sangre es la que amargamente atrae, y amarra,
es la que seduce al tiempo
y la que da a luz esperanzas.
La sangre del padre,
sobre el hijo derramada,
la de la madre, sobre la hija,
gitana y desencantada.
La de Dios sobre las frentes
de las mujeres abandonadas,
la del Diablo sobre las calles,
flotando entre madrugadas.
La sangre, voz, hilo perpetuo,
milagro de brujas preñadas,
cúmulo de luz rojiza
entre tanta penumbra innecesaria.
Sangre de mi sangre, eres, soy,
No somos nada.

Si fuera escritor, no escribiría.
Tendría un nombre dulce,
un apellido esdrújulo,
o sería delgado y alineado.
Si fuera escritor conocería
de memoria a mis colegas,
a mis maestros e influencias,
me codearía con los hombres
y las mujeres importantes.
Caminaría erguido,
sabría levantar una copa,
atendería eventos de índole,
o sería la imagen de la gaceta
del humilde estudiante.
Si fuera escritor sabría,
que no basta fumar
en lo obscuro, llorar internamente,
desangrarse silenciosamente,
andar sin piel, para que las cosas
penetren en uno.
Sabría también de métrica,
de sonetos, de versos,
y de cuartillas, y de esas reglas
que las casas magnas
dictan para escribir.
Por eso, nulo y escaso
de palabras y de ideas,
de sentido, de corazón,
y de fe, ando por el mundo,
divirtiéndome diciendo
estas tonterías.
Si fuera escritor,
este poema-que no es poema-
no hubiera quedado incompleto.

Escribo ahora.
Río de palabras,
juego de manos,
danza de sombras.
Escribo sobre un jardin
que me da sus rosas.
Canciones solas,
olas de humo,
llevo mis manos
a sostener el mundo.
Escribo con la lengua del perro,
del piso, del tiempo.
Escribo sin decir una sola cosa.
Escribo porque soy terco.
Ah! Cigarro de agua,
luna derretida en mi cama:
No se vayan nunca,
aquí no hacen falta.
-Dios sabe que miento,
por eso me dio un alma-
Andaré sediento,
porque hay agua en abundancia,
y ahora estoy entregado
a escribir, y a ser nada.
Simple vida, vieja y cansada,
toca el timbre entre tus piernas
y abre tu juventud amada.
Yo río porque soy un idiota,
y la sonrisa, nadie me la arrebata.
Yo vivo porque tengo tiempo
para no gastarlo en nada,
y moriré, en una hora,
o tal vez mañana,
como todas estas palabras.

Te quiero con las manos
y con esto que escribo ahora,
insulso, inútil, inocuo.
Te quiero para no quererte
en días, en horas que parezcan
fantasmas despiertos.
Te quiero alegóricamente,
pero sin cortejos.
Cuando las calles se llenen
y los curiosos saquen
sus ojos como lenguas,
nos verán entonces entregados
desconocidamente,
en sombras pasaderas.
Niégame el beso que me das
cuando no te das cuenta,
abre tu cuerpo a mi mano,
a mi boca, como lo haces
cuando despiertas.
Escóndete en mi,
para que todos te vean
y me dejes mentirles
con palabras ciertas.
Vamos a querernos toda la vida,
que para eso, aún nos queda

La muerte sabe más blanda,
tabaco masticado y divino.
Dios puso tus manos debajo mío,
como un padre apenas reconocido.
Miércoles de ceniza, maldito.
Sobre tu frente y la mía, el signo,
sobre tu boca apenas dócil, el mito.
Tu nombre es como de un niño
y en estos días lo olvido para repetirlo.
Si vas a volver a morirte, muérete conmigo
y cuéntame de nuevo, enternecido,
todo lo que de ti no he aprendido.
Quise llorarte más, derramar mis
ojos sobre tu suelo tibio,
para que crecieras en el camino
y llevarte, a ningún lado, conmigo.
Quise ser como tu hijo,
obediente y redimido,
para colgarme a tu espalda
y me llevaras al olvido.
La muerte te hizo más joven,
viejo mío.

La muerte sabe más blanda,
tabaco masticado y divino.
Dios puso tus manos debajo mío,
como un padre apenas reconocido.
Miércoles de ceniza, maldito.
Sobre tu frente y la mía, el signo,
sobre tu boca apenas dócil, el mito.
Tu nombre es como de un niño
y en estos días lo olvido para repetirlo.
Si vas a volver a morirte, muérete conmigo
y cuéntame de nuevo, enternecido,
todo lo que de ti no he aprendido.
Quise llorarte más, derramar mis
ojos sobre tu suelo tibio,
para que crecieras en el camino
y llevarte, a ningún lado, conmigo.
Quise ser como tu hijo,
obediente y redimido,
para colgarme a tu espalda
y me llevaras al olvido.
La muerte te hizo más joven,
viejo mío.

El fuego te cambia.
Se te refleja en los ojos
como lágrimas iluminadas,
y empieza a comerte desde adentro,
desde la madrugada.
Entra en tu boca y en tu cuerpo
como entró la juventud azotada
entre tus piernas de mujer dócil,
tibias, como el humo de la bocanada.
El fuego ha cambiado tu cara.
Un nido de cenizas crece en tus poros,
para parir mis plegarias derramadas.
Un nudo de llamas te azota el vientre,
te flagela como el pasado, tu espalda.
Habrás crecido en flamas, madura,
caída del arbol de la corazonada
más cierta y más anticipada.
Yo te estoy esperando, en mis pasos
de tierra y palabras,
para encontrarte otra vez, en todos
los desietrtos, flor quemada.