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Te quiero con las manos
y con esto que escribo ahora,
insulso, inútil, inocuo.
Te quiero para no quererte
en días, en horas que parezcan
fantasmas despiertos.
Te quiero alegóricamente,
pero sin cortejos.
Cuando las calles se llenen
y los curiosos saquen
sus ojos como lenguas,
nos verán entonces entregados
desconocidamente,
en sombras pasaderas.
Niégame el beso que me das
cuando no te das cuenta,
abre tu cuerpo a mi mano,
a mi boca, como lo haces
cuando despiertas.
Escóndete en mi,
para que todos te vean
y me dejes mentirles
con palabras ciertas.
Vamos a querernos toda la vida,
que para eso, aún nos queda

Guardémonos en el corazón ahora,
que la juventud nos bendice
y la necesidad nos alimenta.
Yo quiero hacerte el amor a todas horas,
besarte el cuerpo cada mañana,
yo quiero hablarte de lo tedioso del tiempo,
y quiero creer en ti, como en mi no creo.
Pero aún tú eres tuya, y tuya te quiero,
para que cuando seas mía,
seas como lo que no tengo.
Aún eres como esa hora vacía
que espero,
y aún caes en el fondo de algún verso.
Sabes que hablo de ti
en lenguas que no entiendo,
y sabes que pienso en ti
cuando no debo.
Sabes que me tienes,
que nos tenemos,
dispuestos e imprescindibles,
y solos y tercos.
Por eso, ahora, con la impaciencia de mi corazón, te digo: Esperemos.

Corazón de medianoche,
la enfermedad te preserva
y serás longevo como la piedra
más antigua sobre la tierra.
Fortuna tan inútil de tu espera.
Quiero decir que te vi como
si no te conociera,
como si de las últimas,
esta fuese por fin, la vez primera.
Quiero decir mil cosas de ti,
a quien no me las crea.
A mi mismo, de ti,
me creo imagen nueva,
que me vuelva el sueño
a los ojos, y a la espera,
para venderle a mi alma el Diablo,
para que Dios reze por mis penas,
y yo me sienta más tonto, y todo el mundo crezca.

De tus manos me quedan marcas
en todas las horas perpetuas
y en todos los cuerpos mi boca
dibuja tu silueta.

Hueco de mi costilla,
me dueles, me matas todos los días para verme nacer en mil letras.

La muerte sabe más blanda,
tabaco masticado y divino.
Dios puso tus manos debajo mío,
como un padre apenas reconocido.
Miércoles de ceniza, maldito.
Sobre tu frente y la mía, el signo,
sobre tu boca apenas dócil, el mito.
Tu nombre es como de un niño
y en estos días lo olvido para repetirlo.
Si vas a volver a morirte, muérete conmigo
y cuéntame de nuevo, enternecido,
todo lo que de ti no he aprendido.
Quise llorarte más, derramar mis
ojos sobre tu suelo tibio,
para que crecieras en el camino
y llevarte, a ningún lado, conmigo.
Quise ser como tu hijo,
obediente y redimido,
para colgarme a tu espalda
y me llevaras al olvido.
La muerte te hizo más joven,
viejo mío.

La muerte sabe más blanda,
tabaco masticado y divino.
Dios puso tus manos debajo mío,
como un padre apenas reconocido.
Miércoles de ceniza, maldito.
Sobre tu frente y la mía, el signo,
sobre tu boca apenas dócil, el mito.
Tu nombre es como de un niño
y en estos días lo olvido para repetirlo.
Si vas a volver a morirte, muérete conmigo
y cuéntame de nuevo, enternecido,
todo lo que de ti no he aprendido.
Quise llorarte más, derramar mis
ojos sobre tu suelo tibio,
para que crecieras en el camino
y llevarte, a ningún lado, conmigo.
Quise ser como tu hijo,
obediente y redimido,
para colgarme a tu espalda
y me llevaras al olvido.
La muerte te hizo más joven,
viejo mío.

El fuego te cambia.
Se te refleja en los ojos
como lágrimas iluminadas,
y empieza a comerte desde adentro,
desde la madrugada.
Entra en tu boca y en tu cuerpo
como entró la juventud azotada
entre tus piernas de mujer dócil,
tibias, como el humo de la bocanada.
El fuego ha cambiado tu cara.
Un nido de cenizas crece en tus poros,
para parir mis plegarias derramadas.
Un nudo de llamas te azota el vientre,
te flagela como el pasado, tu espalda.
Habrás crecido en flamas, madura,
caída del arbol de la corazonada
más cierta y más anticipada.
Yo te estoy esperando, en mis pasos
de tierra y palabras,
para encontrarte otra vez, en todos
los desietrtos, flor quemada.

Y me quedé en silencio.
Después de haber oído voces en mi cuarto,
y de escupir al Diablo en mil gritos tercos,
por fin ha caído la calma del mejor momento.
Callado, cierro mis ojos y fumo del aire
que se acumula en mis horas de encierro.
Callado mi corazón que a veces ha gritado
con la sangre como un conocido secreto.
Todo aquí quietamente se mueve y cambia,
y espero paciente el final del tiempo,
espero a que el amor crezca de los muros
y se riegue en los rostros que siempre veo.
Ciega y silenciosamente Dios me manda,
poco a poco, sonriendo, al infierno.
Henos aquí, a mi y a mi sombra apagada,
besándonos la marca del cuello,
hasta que la luna venga y nos tienda en la cama,
y nos amortaje con su tacto tierno.
Hoy voy a creer en todo lo que me digan,
aunque sé, que nada de eso es cierto.

El poeta puede vivir del amor,
del odio, del encanto.
Escribe y tiende su soledad como
una mano al necesitado.
El poeta es loco y desenfadado,
como un niño que guarda el tesoro
que aún no ha encontrado,
y es celoso de los viejos,
amante desesperado,
es un hijo con padres,
como miembros amputados,
y con el cigarro quemándole más
que el beso no robado.
El poeta parece ciego,
pero sólo es un hipocondriaco.
Está desnudo del corazón,
y pobre de la cabeza hacia abajo,
pero tiene todo lo que todo el mundo
siempre ha deseado:
La certeza de dejarse a sí mismo
al azar, al placer y al encanto.
Yo te veo, poeta; y creo que
nunca has cambiado.

Como tu boca, seca, casi muerta.
Dios te dio el cuerpo del deleite
para que te extrañara el tiempo,
para crecieras como una flor ebria
en las cuencas de mis ojos.
Has cambiado al amor:
Es más inútil, más preciso,
más necesario. Y no me doy
cuenta de las cuentas en el
rosario de tu espalda, cuando
me entrego suavemente al hambre
y a la necesidad de la soledad.
Comenzaste a dolerme cuando
más lo necesitaba, y como
una plegaria, le prendo fuego
al insomnio, para que las ánimas
bailen en círculos, vertiginosas.
Venga tu espíritu animal
a abrirme el pecho:
He perdido la fe.

La noche se cae a pedazos
tras de mi, en sus esquinas,
como cuentas de un rosario.
Y solo van mis pasos,
y los de los fantasmas borrachos
en la búsqueda del salvajismo,
libre, solo, humano,
por las calles de los perros,
los escaparates incendiados,
por esta tierra cansada y vieja,
que escupe humo, y esconde desamparados.
Si sigo despierto, seguiré caminando
hasta que mi mano se sujete a algo,
o hasta que me den las cuatro.
Dije: la noche se cae a pedazos,
y los ladrones corren,
como si a ellos les hubieran robado,
y yo siento que tengo piedras
en lugar de brazos,
y que arañas me recorren las venas
con diminutos y agobiantes pasos.
Yo siento que me voy, vuelo, y caigo.
Vacío, con el corazon colapsado
y el estómago volteado, ando.
Sólo, entre luces y risas, y niños ahogados,
me repito: Dios se fue, pero no me ha abandonado.
Padre que fue hijo, enterrado hace años,
quizás te encuentre aquí vagando
como yo, y nos vayamos a donde
solo tú y yo quepamos.