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Monthly Archives: March 2015

La muerte sabe más blanda,
tabaco masticado y divino.
Dios puso tus manos debajo mío,
como un padre apenas reconocido.
Miércoles de ceniza, maldito.
Sobre tu frente y la mía, el signo,
sobre tu boca apenas dócil, el mito.
Tu nombre es como de un niño
y en estos días lo olvido para repetirlo.
Si vas a volver a morirte, muérete conmigo
y cuéntame de nuevo, enternecido,
todo lo que de ti no he aprendido.
Quise llorarte más, derramar mis
ojos sobre tu suelo tibio,
para que crecieras en el camino
y llevarte, a ningún lado, conmigo.
Quise ser como tu hijo,
obediente y redimido,
para colgarme a tu espalda
y me llevaras al olvido.
La muerte te hizo más joven,
viejo mío.

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La muerte sabe más blanda,
tabaco masticado y divino.
Dios puso tus manos debajo mío,
como un padre apenas reconocido.
Miércoles de ceniza, maldito.
Sobre tu frente y la mía, el signo,
sobre tu boca apenas dócil, el mito.
Tu nombre es como de un niño
y en estos días lo olvido para repetirlo.
Si vas a volver a morirte, muérete conmigo
y cuéntame de nuevo, enternecido,
todo lo que de ti no he aprendido.
Quise llorarte más, derramar mis
ojos sobre tu suelo tibio,
para que crecieras en el camino
y llevarte, a ningún lado, conmigo.
Quise ser como tu hijo,
obediente y redimido,
para colgarme a tu espalda
y me llevaras al olvido.
La muerte te hizo más joven,
viejo mío.

El fuego te cambia.
Se te refleja en los ojos
como lágrimas iluminadas,
y empieza a comerte desde adentro,
desde la madrugada.
Entra en tu boca y en tu cuerpo
como entró la juventud azotada
entre tus piernas de mujer dócil,
tibias, como el humo de la bocanada.
El fuego ha cambiado tu cara.
Un nido de cenizas crece en tus poros,
para parir mis plegarias derramadas.
Un nudo de llamas te azota el vientre,
te flagela como el pasado, tu espalda.
Habrás crecido en flamas, madura,
caída del arbol de la corazonada
más cierta y más anticipada.
Yo te estoy esperando, en mis pasos
de tierra y palabras,
para encontrarte otra vez, en todos
los desietrtos, flor quemada.

Y me quedé en silencio.
Después de haber oído voces en mi cuarto,
y de escupir al Diablo en mil gritos tercos,
por fin ha caído la calma del mejor momento.
Callado, cierro mis ojos y fumo del aire
que se acumula en mis horas de encierro.
Callado mi corazón que a veces ha gritado
con la sangre como un conocido secreto.
Todo aquí quietamente se mueve y cambia,
y espero paciente el final del tiempo,
espero a que el amor crezca de los muros
y se riegue en los rostros que siempre veo.
Ciega y silenciosamente Dios me manda,
poco a poco, sonriendo, al infierno.
Henos aquí, a mi y a mi sombra apagada,
besándonos la marca del cuello,
hasta que la luna venga y nos tienda en la cama,
y nos amortaje con su tacto tierno.
Hoy voy a creer en todo lo que me digan,
aunque sé, que nada de eso es cierto.