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Monthly Archives: October 2013

Cuándo voy a sacarte de mi espina?
Me da sueño. sueño de tus ojos
cansados, diezmados.
Mi rostro es tu rostro:
Lo usas, lo traes, lo cansas.
Siempre otro, otros labios
sobre nuestras caras.
Otras manos nuestras
acariciando nada.

Amor animal que se
devora a sí mismo,
sexo que se atraganta, se derrama
siempre, en actos distintos.

Cuándo voy a sangrar de tus heridas?
No te has cansado aún, de ti, perdida?
Eres una constante, mi mano
de tu cuerpo entumecida.
Eres un golpe en mi garganta,
en mi cabeza tibia, expandida.

Te quedas, me vienes, me visitas.
Desaparece! Piérdeteme unos días!
Olvídame de ti, duérmeme entre
tus costillas.
Amor, de amor perdida,
dolor de alma adolorida:
Vamos a vagar distantemente juntos
lo que no nos queda de vida.

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Intento jalarme tu piel,
desvestirme de ti.
Quiero quedarme
con nada de ti
y ya no quiero escribir
de ti, de olvidarte,
de recordarte de ti.
Ya no quiero ser
como una mancha de ti en mi,
un pedazo de ti que me dejaste
tirado aquí, a mi.
Digo que duele todo esto,
y apenas me alcanza
el cuerpo para sentir.

A obscuras, sin ojos.
Sin la luz del algún recuerdo,
algún tenue toque de la piel.
Qué mansas fauces son estas,
de la loba que me muerde el lomo
y me lleva, y me amamanta de su seno tibio?

De dónde sale todo este calor en mi?
De qué rincón de nadie, ha venido
este animal a procrearme?
Qué somos pues, untados
el uno al otro, con sangre?

Me he ido, no lejos, no cerca.
Sólo se que me he ido,
que parto, parte de mi
en mil y mil pedazos,
sólo un trozo de mi que
va a quedar por ahí,
a la vista del mundo
inútil e interminable.

Hombre que quedas de mi:
Yo soy tu amante.
Cuerpo que me sigues, sin mi:
Libérate! Persistiràs en el tiempo,
roído y enmohecido y yo
descarnado y fútil, como he sido.
Los dos separados, pero unidos.

Dios, dame la fuerza.
Si estás, si me escuchas,
ven ahora tú, Dios.

Me has ido quitando 
a mi de mi, Dios.
Me has ido separando,
cortándome los brazos.

Bésame de sus labios,
saca su corazón de tu sangre,
su cuerpo de tu costado.
Sácala de la fosa del olvido,
que no me muera
sin decirme: adiós, al oído.

Que no me viva de otro aire,
que no se venga, que no se vaya.
Que no se acabe.
Dame tu espina, Dios.
Tus alas erguidas y perdidas.
Hazme un trozo de tu carne,
hazme un poco de ti,
de tu barro del hombre,
de tu costilla del hombre.

Dios. Baja, sube, sal 
de todos tus lados,
ven de todas tus muertes,
embriágame de todas tus pasiones,
redímeme, suspirame de tus llagas, supúrame.
Úngeme la frente con tu lengua,
con tus labios.

De tu cuello, Dios, quiero mis manos,
de tu pecho, mis ojos.
De tu vientre, con tu corazón derramado,
quiero estar conmigo, solo.
Dios, me has cansado de mi cuerpo,
me has ido quebrando los huesos.
Ven, Dios, a verme. Búrlate
de mi, si quieres.
Hoy sólo necesito de ti
un cuento.

Bastará con detenerse.
Sólo un esfuerzo, que cueste
lo que tú quieras, que duela.
Crees que estás en todos lados,
a todas horas, como buscando algo.
Perdido en tu cabeza, en el
cuerpo que dejas guardado de día.

Bastará sólo con que quieras
y dejes de querer a expensas.
Todo el mundo está abierto,
tirado, sucio, penetrado.
Tú eres el hombre que lo inhabita
y todas las mujeres son ella.

Bastará sólo con que escribas
en tu lengua, en tu frente,
en el piso, donde quieras.
Ya estás aquí.
Hazte valer la pena.

Ya me queda poco
por decir,
poco por extrañar,
doler, poco por morir.
He venido supurando todo,
sangrándolo, derramándome
de mi.

Ya me queda muy poco.
Sólo me he venido
dejando para mi.

Necesito hablar, con alguien,
con todos o con la pared.
Pero necesito de verdad que
me abran el pecho, que me
rompan la piedra de mis
costillas y me dejen el
corazón libre y abierto.

Hoy no quiero andar
cargando ese dolor de todos
mis tiempos, de mis pasos
cansados, de muerto. Hoy ya
no quiero el dolor de mis
sienes de noche, ni recuerdos,
ni vaivenes de sus caras,
ni humedades de sus cuerpos.

Necesito hablar. Tengo
la lengua sedienta, enrollada,
apretando miedos que le
dejan llagas, y la garganta
hundida en el negro sangre
de desesperanzas. Me urge
un hueco en este asfixiante
aire de siluetas, de figuras
podridas, de fauces mansas.

Me urge un golpe en la
espalda que empuje el grito
al fondo del río negro,
sombra de mi necesario
olvido. Busco que vengas tú
al menos, a callarme la muerte
que me pide dentro de mi que
suelte a ella. No quiero
irme todavía sin dejar
escrito en tu piel -o en
alguna otra- el epitafio
de mi soledad tan ajena.

A mi madre, que venga y me
unja de llanto la frente que
me arde, que me bese la mejilla
como aquel antes y se me
recueste en el pecho, hosco
palpitar incesante. A ti, que
te fuiste y me dejaste
pensando en nadie,
respirando tierra que se
barre de la calle, esperando
que algo de vuelta te arrastre,
a ti, a ti quiero escucharme
decir: No es tarde.