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Monthly Archives: September 2013

Me hace falta
un pétalo de tus labios.
Yo me quedo aqui, cansado
y dormido de tus brazos
arrullado en cunas vacías,
ecos de tu cuerpo mojado.
y tu nombre y el mío copulando
en las bocas de los azorados.
Yo me quedo aquí, esperando
algún buen humor tuyo
mío o de algo.
Sólo aquí, esperando.

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Sumergida, adormecida
como una pierna o una mano,
cansada y diluída,
dilatada amargura
de tus labios, gritas
como callada, cómo
callas, pareces a veces
un río de agua envenedada.

Me miras, como muerta
y acompasada, què
olvido tan frágil
tienes en los pechos
y en los labios.
De qué costilla me sacaste
corazón, piedra, trozo
de pan, alma, amarga.

De qué cuello me colgaste
o de cuál de mis venas
no te derramaste.
Eva sola, pareces
un hueco, una costra
de soledad, eres ahora
vacío, vacío de mis manos.
Voy a subirte una última vez
y a enterrarte en el punto
más alto de mi caída.

Vengo, Señor, a mis manos,
a mis hombros agotados y astiados,
vengo a la luz de tus cansancios
como un ciego sigue los pasos.
Vengo a ver a nadie,
a escuchar el hueco del silencio,
vengo, Señor a recostarte mis recuerdos.

A contarte mis derrotas,
a sudarte mis anécdotas,
al consejo del padre
y al consuelo del hijo,
al amanecer quieto del espíritu.
Víveme, Señor.
Señor terco, sordo, mudo,
bruto, brusco, burdo
y olvidadizo.
Víveme de tus llagas
y de tu costado, Señor, hazme la cama.
Vengo a ti, a todos, a todas,
a mis brazos que se caen de escribirle
y de pedirle y de buscarle.
Es hora.

Es hora y día.
Del fuego, de las cenizas, del eco
y de las reuniones con los que me robaste.
Es hora, Señor. Tu hora y la mía.
Vengo, a mis manos que te escriben
como si fuera hoy mi último día.

Ya tienes quién te haga la corte
con la ceremonia de la hipocresía y del silencio,
quién vaya y se venga a voces, en secreto.
Ya tienes quién te robe el aire del suspiro
que nunca exhalaste.
Y tu semilla, de la mano de nadie,
regada por los años y la sangre,
germinada y fermentada
en tus lágrimas de virgen desangrante,
manto de la ira del vientre fecundado.

Ya tienes quién te pase el tiempo,
pasado presente y el presente que se corre,
futuro a cuenta gotas de besos y espejos.
Ya tienes quién te corte las venas,
quién te arrope de tierra en la sórdida muerte
que te cargas en la espalda.
Ya tienes quién presuma tu mano,
la mancha de tus labios en los suyos,
el olor de tus ganas en su piel.
Ya hay quien, de nadie, sobreviva.

Lo demás siempre ha sido lo de menos,
a menos viene todo el tiempo
y yo me quedo en pausas,
esperando una palabra de miserable misericordia.
Si he de padecer, que sea en este instante,
en lo que escribo esto, en lo que nadie lo lee,
en lo que solo yo y sola tú nos sabemos
en donde nunca estuvimos.
Lo mucho o lo poco que dure, duró
y durará nunca, hasta que la muerte
o la resignación, lo una.

Me dispuse a escuchar esas voces del corazón.
Uno siempre tiene la idea de que los corazones
hablan en lenguas, diciendo nada.
Esa glosofilia del romanticismo que no se entiende,
que se cree innecesaria.
Así que quise, como mal escéptico, sacudirme esa duda.
Uno o dos cigarros después, vino lo inefable.
Esos sonidos huecos, amargos, brutales y brutos
entraron desde mi pecho, me quemaron la garganta
y se me acumularon entre los labios.
Fueron subiendo poco a poco a mis ojos,
se amotinaron en mis pupilas, sin quebrarme el llanto,
iban arriba, bajaban, se revolvían en mis vísceras,
y no se como, no se cuando, explotaron en mi estómago.

Y entonces, el silencio.

( Las silenciosas voces, después.
El eco de tantos tiempos, de tantas vueltas:
“Me di cuenta de que supimos lacerarnos,
nos hicimos más veces la muerte que el amor.
Y a la vez, paramos muertos tantas veces entre nuestros cuerpos.
Quién mejor que tú para salvarme de ti,
para cicatricarme tus labios, cauterizarme tus ojos.
Qué mejor que tu sombra para recogerme los pedazos del suelo.
Vuelve en llanto tus pasos, ya no queda nada,
ni las gotas de tus poros, el pozo de tu cuerpo está vacío.
Ya no queda ni aquello que no teníamos,
ni la distancia, ni la sombra que jalaba tus pies
y mordía tu cuello.
No quedo yo en este inmenso claustro de tus siluetas,
no quepo en el rincón en medio de tus piernas,
no puedo ya, vivirte en esta muerte a medias.
Supimos cosernos los labios a mordidas,
taparnos los ojos con las brasas de tantos desnudos,
nos hicimos perpetuos a momentos.
Y entonces, antes que nada, después de todo, el silencio.
Es que nos conocemos tanto, que no sabemos el uno del otro.” )

Y entonces, el reposo de mis huesos se hizo frío.
Sentí un vacío en gélido en mi almohada,
una suerte de despertar en el día anterior.
Confuso, casi ciego y con gusanos brotándome de tus recuerdos,
empecé a tragarme la tierra de tu tumba.

Ahora me sobra, por fin, el tiempo.

(“Y si me dejas dormir en ti?
Qué pasaría si me resguardas en tus suspiros,
me cobijas con tu piel?
Qué, si sueño sobre la cuna de tu vientre,
bebiendo de tu fuente, persignándome en tu frente?

Y si te olvidas de todo y me arropas en un beso,
cuidándome el sueño, contándome las ovejas que viajan por tu cuerpo?
Qué sucede si entonces, en el letargo,
cansados de descansarnos, no despertamos?” )

(  De noche, a ciegas,

sigo tu espectro sutil,
encaminado por tu barlovento.
Y te encuentro, a tientas
entre sábanas de humo,
entre bocanadas de tiempo.
Poco a poco, tu humedad estoy siguiendo,
a tu boca, a tu beso, a la cálida asfixia
del temblor de tu cuerpo.
Penetro en tu alma, la tengo,
muerdo tu piel, te bebo.
Y solo con mi tacto, acudo a tu pecho,
guardo mi sueño y entre tus senos me duermo.
Fumo de tu aliento,
como de tu encierro,
y entre humo y espejos
mujer, me has dado un sosiego.)

Qué costumbre de escondernos.
Qué salvaje intento por no encontrarnos.
Qué fútil es esta inocua esperanza.
En unos días, voy a morirme con el rosario colgando,
voy a quedarme quieto y apaciguado,
ignorando, deseando.
Voy a enterrarme en tu piel, queriendo.
Porque sin querer, como quise,
ya no es suficiente. )

Me quedé dormido de madrugada
y te desperté en un aliento áspero,
justo cuando comenzaba el sereno del sol.
No me preguntes en qué sueño,
en qué pienso, qué recuerdo,
qué dejo regado en el vacío de mi almohada.

No me busques pretextos para quedarte,
razones para no irnos a ningún lado.
No me pidas que no me quede a esperar eso que siempre espero,
eso que siempre quiero, eso que nunca llega.

Sólo mírame ahora, aún con las arrugas del sueño en mi cara,
con las marcas del colchón en el que no estás en mi espalda
y ese cansancio que no se cansa de descansar tu recuerdo.
Sólo dime lo que no le dijiste a nadie, lo que quieras,
quiero escucharte, saber que entre tantas cosas que han pasado sin pasar,
entre tanto que no tenemos qué contar, existes aún.
Porque de lo contrario, hemos desperdiciado todo este tiempo
odiándonos, en vano.

Ese lento andar de tu cuerpo.
Ese largo recorrer de mi desvelo.
Lo tuve un día y cien noches,
lo bebí a sorbos quietos,
en un frenesí paulatino.
Tuve de el ese alimento.
Me quede en la espera, sediento.
Toqué los pliegues, ciego.
Tu cuerpo, tan extenso, tan frágil.
Lo besé por eternidades en un solo momento.
Ahora, en canciones, lo espero.
En sueños e insomnios, a destiempos, entero.
Tu cuerpo, viene de lejos, pasa; terco.
Es ya un desierto de besos viejos,
de nuestros labios, mausoleo.
Es mío, del viento, de tantos y pocos venenos,
es todos los ecos enterrados en tu destierro.
Es tu cuerpo, tuyo y del recelo.

Y yo, lo espero como si fuera cierto.